Al estrenarse "Birdman" las alabanzas de la crítica fueron tan unánimes y fervorosas que ingenuamente di por hecho, sin ni siquiera haberla visto, que estaba ante una obra maestra, una película que marcaría un antes y un después en el cine de Hollywood. González Iñárritu nunca había sido santo de mi devoción. Reconozco ciertas virtudes e interés en las tres películas suyas que ya había visto: "Amores Perros", "21 Gramos" y "Babel". Sin embargo su manera de entender el cine no acababa de convencerme. Le reconocía un talento visual innato. Pero una cosa es la virtud y otra cosa el virtuosismo. En mi opinión, el director mejicano, consciente de su capacidad plástica, se recreaba demasiado en ella, obviando otros aspectos que en una película son igualmente importantes. Entre otros, que a menudo lo sencillo es más eficaz que lo barroco, que la fotografía está al servicio de la historia y del espíritu y no al revés, o que la edición es básicamente quedarte con lo esencial para prescindir de lo superfluo y no un fin en sí mismo. Francamente me irritaba el divismo con el que dirigía, dando por sentado que él era la estrella de la función.
Aparentemente "Birdman" suponía un giro de 180 grados. Iñárritu abandonaba el tremendismo de sus anteriores obras para dar vida a una historia absurda, excesiva, divertida e implacablemente crítica con los tópicos hollywoodienses. Se decía que el exagerado Iñárritu había encontrado un libreto igualmente desmesurado que encajaba como anillo al dedo con su estilo. Por fin una perfecta simbiosis entre continente y contenido, que contendría y canalizaría todo lo histriónico del mejicano, para dar lugar a una obra revolucionaria, única, que sentaría cátedra en el aburrido panorama del cine estadounidense. Una película, en definitiva, que se apropiaría de todos los códigos del (mal llamado) cine comercial, y que los reventaría desde dentro.
Eran tanto los prejuicios favorables y tantos los deseos que tenía de disfrutar de un película sencillamente genial, que desde el principio me predispuse a ver ingenio y maestría en cada imagen y línea de guión. Pero eso no impidió que mi entusiasmo se desinflara poco a poco de manera inevitable.
Desde luego era consciente del talento de Iñárritu, de sus golpes de genio en ese único y largo plano secuencia que es la película. También el guión tenía sus buenos momentos, ácidos, incisivos. Pero todo ello quedaba ensombrecido por el creciente sopor que la película me iba causando conforme avanzaba. La maestría tan deseada y anticipada no acababa de aparecer. Sólo mucho después de ver la película me rendí a la evidencia. "Birdman" es, en mi opinión, una película víctima de sus propias pretensiones. No tomándose a sí misma tan en serio podría haber sido una buena, o incluso muy buena, comedia. Iñárritu me recordó a un jugador de fútbol que, víctima de su virtuosisimo, olvida que el suyo es un deporte de equipo, cuyo objetivo marcar goles para ganar los partidos, enredándose en regates, acaba por perder el balón.
Soy el primero en reconocer los méritos de su libreto y sobre todo de su dirección, sublime por momentos, pese a que Iñárritu se guste demasiado a sí mismo y oblige a los espectadores a un esfuerzo excesivo para que reconozcan lo bueno que es él. El principal problema de "Birdman" es que pretende mucho más de lo que logra, y eso a todas luces la convierte en una película fallida.
Supongo que la unánime pleitesía que a "Birdman" le rindió la crítica tiene mucho que ver con su abundante (en mi opinión, excesivo), meta-lenguaje. Con este palabrejo me refiero a que es una película esencialmente auto-referencial, cine que habla del cine, de los actores, directores, críticos; de sus deseos, cuitas, grandezas y miserias. Este ejercicio masturbatorio siempre ha tenido mucho éxito entre los "críticos", "cinéfilos" e "intelectuales". A mi me aburre soberanamente y me parece penoso. Me gustan las películas que hablan de la vida, no de películas, y menos cuando se trata de una terapia de gremio para lamerse las heridas.
Ahora bien, la secuencia del protagonista que, expulsado del teatro, se ve obligado a cruzar una concurrida plaza neoyorquina llevando únicamente unos calzoncillos es hipnótico y maravilloso, y que tenía la virtud de recordarme a "Breaking Bad". Es un momento de cine realmente mágico. Por desgracia no basta para salvar una película.