jueves, 29 de mayo de 2014

El Proceso de Juana de Arco (Robert Bresson, 1962)

Tuve el honor, en una de mis primeras publicaciones, de dar mi opinión sobre la Pasión de Juana de Arco, del maestro danés Carl Dreyer, una obra cinematográfica con mayúsculas. No suelo creer en las comparaciones, aunque a veces son convenientes. No se trata de un concurso en el que analizando pros y contras llegaremos a un vencedor. La realidad es compleja, y nuestro juicio no debe depender de contar los items cumplidos por una y otra. Si las comparo es para mostrar de que dos formas tan diferentes entendieron el cine dos genios absolutos, y como una misma historia puede abordarse bajo dispares puntos de vista, con maravillosos resultados en un caso y otro
     Si la obra de Dreyer tiene un marcado carácter patético y exaltado, de una religiosidad evidente (la exploración del rostro de Juana me recuerda al de los Cristos barrocos de mi querida Andalucía), Bresson toma un camino diferente. Fiel a su concepto del cinematógrafo (a él no le gustaba hablar de cine, pues lo consideraba un pseudoarte, una mera versión grabada y desnaturalizada del teatro) el rasgo dominante en la obra es la sobriedad. Bresson no utiliza la cámara como medio para contarnos una historia, sino como un ojo que es prestado al espectador para que el asista en primera persona a lo que está ocurriendo. 
    En un primer momento, el arte de Bresson, sobre todo si se compara con el de Dreyer puede parecer distante, frío, casi entomológico. Pero es precisamente ese distanciamiento el que permite que sean las imágenes y sonidos los que hablen directamente al espectador, prácticamente sin interferencias. El francés elimina en la película todo lo que es superfluo y puede distraer. No hay música, ni imágenes hermosas, ni siquiera actuaciones (a Bresson no le gustaba el término actores, sino que hablaba de modelos). Todo en la película es esencial, no falta nada, como tampoco sobra.
    En su absoluto minimalismo y contención, el proceso de Juana de Arco, es una obra inigualablemente conmovedora. La diferencia estriba, en que en lugar de buscar el sentimiento de forma fácil y estereotipada, inundando al espectador (aunque tal vez sería mejor decir, en el caso de Bresson, testigo), Bresson intenta presentar la verdad en su forma más desnuda y pura posible, para que poco a poco nos cale. Y, como en la fábula de la liebre y la tortuga, lo importante no es llegar rápido, sino llegar lejos, de forma que lenta y progresivamente la historia de la doncella de Orleans, se convierte delante de nuestros ojos, en una encarnación de la lucha entre la bondad del ser humano, inocente e indefenso, contra la maldad de la todopoderosa sociedad, con sus mezquinos intereses políticos y económicos. 

viernes, 28 de marzo de 2014

Kumonosu-jô (Akira Kurosawa, 1957)

No sé el título con el que se conoce esta película en España, ni siquiera  si llegó a estrenarse. En inglés se la tituló "Throne of Blood" (Trono de Sangre), aunque probablemente la traducción del original vendría a ser algo así como "El Bosque de la Telaraña". 
    No es ningún misterio, para los que estamos familiarizados minimamente con la obra del maestro japonés, la admiración que éste sentía por Shakespeare. Kurosawa también era un explorador de las profundidades del alma humana, y como el dramaturgo inglés, teje sus historias alrededor de las pasiones  fundamentales (envidia, arrogancia, poder, avaricia, valor...). La principal fuente de la que bebe Trono de Sangre es de MacBeth, la inmortal obra de Shakespeare sobre un valiente noble escocés que, cegado por el afán de poder y  condicionado por su viperina mujer, traiciona a su rey para usurpar el trono, lo que desemboca en una imparable espiral autodestructiva de culpa y miedo.
     Cualquiera que haya leído la sabe que los materiales son típicamente Shakespearianos: promesas que se vuelven maldiciones, lo irremediable del homicidio, la culpa que acorrala y acusa al asesino cuando más a salvo se siente, y, sobre todo, la inevitable distancia que crea el crimen entre quien lo comete y el resto de la humanidad, y cómo lo aleja definitivamente de sus semejantes, poseedor de un secreto horrible e inconfesable que lo recome sin remedio. Junto con Hamlet, tal vez sea MacBeth la obra más shakesperiana del propio Shakespeare. 
    Me imagino que revisar el trabajo de cualquier genio también sea una realidad de dos caras. Por un lado, se trabaja sobre seguro, pero por otro lo más probable es que no se tenga gran cosa que aportar.
    Trono de Sangre no es meramente una versión cinematográfica de la historia del vil y desgraciado noble escocés. Kurosawa proviene de una tradición muy diferente, y, siendo un genio como es, la recrea de una manera profundamente personal y fiel a un tiempo. El japonés se aleja del texto original. No consiste en poner en imágenes la obra original, sino de asimilarla y hacerla propia, de manera que se muestre al público de una manera inédita, sorprendente y, sobre todo, profundamente sincera. Escocia se ha sustituido por Japón, los nobles por samuráis, los reyes son señores de feudales, y las verdes tierras altas de Escocia son ahora agrestes, desolados y poderosos paisajes volcánicos. Pero lo fundamental es la traducción de un lenguaje literario a uno genuinamente cinematográfico. Kurosawa es y será uno de mis directores favoritos porque es uno de los artistas que más ha hecho porque el cine entidad propia, alejada de la del teatro o la literatura. Los típicos soliloquios shakesperianos no aparecen por ningún lado, no asistimos a dudas existenciales o luchas internas que se manifiestan con palabras. En lugar de eso es la luz, el color, el sonido, el viento, la expresión facial y la composición de la escena lo que determinan el tono narrativo y moral.
    Y es en esta sobriedad y desnudez, tan típicamente niponas, donde la obra alcanza alturas que llegan a superar al original. Kurosawa expresa de una forma mil veces más descarnada que Shakespeare la crueldad y maldad sobre la que se funda todo imperio, probablemente porque el japonés fue testigo de abismos en el hombre que el inglés no podría  ni haber sospechado, debido a la II Guerra Mundial (bombas atómicas lanzadas sobre ciudades inocentes incluidas). 
    Con Trono de Sangre, Kurosawa vuelve a dar una lección de cine y entendemos porque Tarkovsky lo tenía como uno de sus modelos y maestros. En comparación, otras versiones de MacBeth (incluso la de Orson Welles) parecen meramente académicas.

domingo, 23 de marzo de 2014

Original y Copia II: La Mosca (Kurt Neumann, 1958 - David Cronenberg, 1986)

En la anterior entrega de "Original y Copia" señalé una clara ganadora. En esta ocasión nos encontramos ante dos películas que, pese a parir de la misma base: un relato corto escrito George Langelaan en 1957 para la revista ¡Playboy!, son completa y maravillosamente distintas. Incluso se da la paradoja de que me inclino personalmente por aquella que cinematográficamente es más débil... Como decía Pascal: el corazón tiene razones que la razón no entiende. Intentaré explicarme a continuación.
    La versión más antigua es un claro ejemplo del cine de ciencia ficción de serie B de finales de los 50, con sus motivos recurrentes: las dos caras de la ciencia, que la hace pasar de sueño a pesadilla, la incapacidad del hombre por controlar los resultados de sus propios logros y el peligro de jugar a ser Dios. Nos encontramos en plena guerra fría, con la amenaza nuclear pendiendo sobre nuestras cabezas y la Física es el paradigma de ciencia (en la versión moderna lo será la Biología): se habla de átomos, radiaciones y electromagnetismo. Muchos se ríen de la absurda base científica de la obra. No estoy de acuerdo. En primer lugar porque la película no pretende disertar sobre la posibilidad de un hombre-insecto, sino que lo utiliza para resaltar los resultados monstruosos a los que la aplicación imprudente de nuestros conocimientos nos puede conducir. Me apasiona la ciencia, y en este sentido, la película me interesó de principio a fin. La Mosca no es una obra maestra, ni pretende serlo, lo que yo considero que es su gran virtud. Tengo la impresión, de que su única intención es poner en imágenes lo que Langelaan escribió apenas un año antes, sin más pretensiones, lo que hace de manera admirablemente sencilla y eficaz, cuidando los aspectos intelectuales y, sobre todo, humanos de la historia (inolvidable la escena en la que el científico, en un ballet, al que ha invitado a su esposa, se ausenta de todo lo que ocurre y empieza a desarrollar ecuaciones en un folleto... en esa breve secuencia se resume el comportamiento científico: la frágil frontera entre curiosidad, interés y obsesión, el científico como eterno niño, alejado del mundo "adulto"). Y, lo que no tiene menor mérito, en ningún momento se acerca al gran referente de toda historia sobre hombres-insecto: La Metamorfosis de Kafka.
    La película de Cronenberg sólo se parece a la anterior en el título. El director canadiense es uno de los grandes autores del último cuarto de siglo, con una obra profundamente personal y sorprendentemente sólida, desde Scanners (1981) a Promesas del Este (2007), en la que ha encadenado maravilla tras maravilla. Evidentemente un artista tan personal no se va a limitar a los tópicos de un cine que obedece a un género y a una época muy concretos. Más bien parece que Cronenberg utiliza la historia de Langelaan como excusa para desarrollar su propia obsesión: la carne en todas sus facetas, como deseo, como adicción, como sustancia frágil, degradada; la carne que duele, que muere, que desea, que vive; atrayente y repulsiva al mismo tiempo,... una lectura bastante personal y bizarra de la eterna lucha entre el amor y la muerte, que no da tregua al espectador y que lo somete a secuencias que lo llevan al límite de su aguante. Curiosamente este discurso tan propio lo acerca al referente kafkiano, lo que es otra paradoja. El horror en Cronenberg (y todas sus películas son, en un sentido u otro, horribles) nunca es gratuito, sino que es algo inherente a su visión del mundo; algo que nos podrá gustar más o menos, pero cuya originalidad y autenticidad no podrmos negar. Muchas veces pienso en el canadiense como en un Edgar Allan Poe contemporáneo, un poeta de lo enfermizo.
    Concluyo diciendo que si la primera es una típica película de género, la segunda es una típica película de autor. ¿Esto hace a la segunda mejor? Desde un punto de vista estrictamente "cinematológico" puede que sí. En teoría lo primero que se espera de un artista es que sea personal. Sin embargo en este caso me quedo, por una ligera ventaja, con esa humilde obra sin pretensiones que relata la historia de un científico al que un experimento le sale rana (en este caso, mosca), frente a la obra de un artista complejo y difícil que nos enfrenta con su grotesca cosmovisión. Se me podrá decir que como la primera versión hay muchas películas. Ciertamente la película de Neumann es una película de género, a lo que yo diré que también lo es la de Cronenberg, aunque en este caso el género sea su propia obra. A veces simpatizo más con el humilde director-artesano que se anula en su obra, que con el complicado artista que se sobrepone a ella. Además, siempre encuentro un aliciente en la sutileza, y la primera película logró conmoverme sin ser tan (dicho suavemente) gráfica.

domingo, 16 de marzo de 2014

Original y Copia I: Cape Fear (1962, J. Lee Thompson - 1991, Martin Scorsese)

Lo primero que quiero aclarar es que a menudo decir que la película más antigua es la original y la reciente la copia no es del todo exacto. Es común que ambas sean diferentes versiones de una obra anterior, normalmente un cuento, novela u obra de teatro, por lo que considerar que la primera película en hacerse es más original no tiene ninguna justificación. Incluso se da la circunstancia de que la película más nueva precisamente tenga la intención de reivindicar la obra original, que en la adaptación anterior no se ha respetado. 
    En definitiva, lo que quiero decir es que al hablar de originales y copias debemos matizar e informarnos bien y no ir por el camino fácil de afirmar que la más nueva siempre es una copia de la anterior.
     Bien... ¿Y cual es el caso de Cape Fear? La obra original es una novela de 1957 titulada The Executioners, de John D. MacDonald, lo que nos haría pensar que ambas versiones son hijas, una ciertamente mucho más joven que la otra, de la misma madre. Sin embargo, al comparar las dos versiones, claramente se aprecia que la de Martin Scorsese es descendiente directa de la de 1962, y que su relación con la novela es totalmente tangencial...
     Viendo las dos películas de manera seguida, lo que pienso que es un ejercicio muy interesante y formativo para cualquier cinéfilo, se aprecia una diferencia clara, que es extrapolable al cine "clásico" y al "contemporáneo" en general. 
     La película de 1962 es limpia, concisa, pausada e inteligente. Los actores están maravillosos (especialmente Mitchum, que literalmente es come las escenas), el guión se desarrolla natural e implacablemente, relatando el acercamiento sigiloso e imparable de un auténtico depredador, hacia sus desvalidas víctimas. No sobra ninguna toma, en ningún momento hay prisas o chapuzas. Todas las transiciones son naturales... El director sabe que los mejores platos se cocinan a fuego lento, y que es mucho más aterradora la amenaza sugerida que la manifestada.
    Por contraste, la de Scorsese es atropellada, exagerada y efectista. El histrionismo de los actores incluso la convierte en ocasiones en una comedia involuntaria. En ella se aprecia la mala costumbre del cine más moderno de buscar más que entretener o tensar al respetable, aturdirlo a base de ruido, montaje frenético y la sucesión de clímax tras clímax, lo que al final conduce a un hartazgo infinito. Y no es que sea precisamente reciente, por lo que creo que nos acercamos al cuarto de siglo de despropósito narrativo.
     No todo es malo en la versión de 1991. Scorsese es un buen director, y siempre podemos encontrar algo de interés en sus films. Aunque sólo fuera por los aspectos sociológicos, merece la pena ver la película, y, especialmente, compararla con la anterior. La familia modelo de la primera se ha desestructurado por completo, los papeles y cataduras morales se confunden. El padre ya no es padre, ni el marido es ya marido, como tampoco la niña es niña, etc. Lo moral, tan diáfano en la primera versión, se ha diluido y confundido. Tal vez, si Scorsese se hubiera agarrado con fuerza a este hallazgo hubiera hecho una gran película, profundamente distinta a la primera. Pero inexplicablemente, opta por el camino fácil... Llenar el vacío de su propuesta con ruido, sobreactuación y confusión visual... exactamente como lo haría un mediocre Roland Emmerich o un, aún peor Michael Bay.
     En este caso hay una clara ganadora. La original es una obra maestra, maravillosa, valiente e inolvidable. La "copia" es, siendo indulgentes, mediocre.

jueves, 6 de febrero de 2014

Valhalla Rising (Nicolas Winding Refn, 2009)

Ya he comentado dos películas de Nicolas Winding Refn, Drive (2011) y Sólo Dios Perdona (2013), y de ambas sólo he podido decir cosas buenas. Escribo esta crítica con miedo de resultar repetitivo, pero lo mismo va a ocurrir con la presente.
    Valhalla Rising es una coproducción británica y danesa, anterior al reconocimiento mundial que el director danés obtuvo tras la perfecta Drive. Pero no es ésta con la que guarda un mayor parentesco. Al igual que Sólo Dios Perdona, este film de 2009, es Winding Refn en estado puro, lo que significa que no será del agrado de todos. Incluso sabiendo ésto me sorprende su baja puntuación en IMDB (5,9), hecho que indica lo incomprendido del este director.
    Como la mencionada Sólo Dios Perdona, Valhalla Rising es una película apenas narrativa, sin historia clara, sino más bien una sucesión de imágenes de estructura más musical que literaria... evocativa, no descriptiva. En cualquier otro director, ésto me supondría un enojo y un aburrimiento infinitos, pero el danés es un cineasta con mayúsculas, capaz de hacer de cada secuencia y de cada plano una auténtica obra de arte. 
    Ver esta pelicula fue una experiencia hipnótica, palabra que no es la primera vez que utilizo con el danés. Sin entender del todo lo que se contaba, desde un principio me ví atrapado por su hiperviolenta, al mismo tiempo que hermosísima, atmósfera. Desde luego no es para todos los públicos. Muchos la verán desagradable, confusa, de mal gusto, e incluso absurda.
    Creo que percibí algo de lo que Winding Refn nos quiere decir. Sus reflexiones,o más bien impresiones, sobre Dios, la Naturaleza, el valor, la nobleza,la inocencia y la mezquindad del ser humano. Sobre la crueldad de la vida y lo ambiguo de la moral y de la violencia. El danés tiene una capacidad única para, sin decir nada en concreto ponerme en contacto con lo más básico de mi ser, aquello que nuestra cultura se empeña una y otra vez en reprimir. Todo lo que el Club de la Lucha necesita dos horas para contar, requiere menos de cinco minutos y un diálogo en esta magnífica película.
    Desde mi punto de vista nos encontramos con la obra de unos de los mejores directores en mucho tiempo... una obra coherente, valiente y sincera como pocas. Sólo espero que la incomprensión del público no acabe desalentando al genial danés. Sería una pena... Para todos.











martes, 4 de febrero de 2014

El Lobo de Wall Street (Marin Scorsese, 2013)

Fiel a mi nueva vocación de abogado del diablo me dispongo a bajar un poco una película unánimamente canonizada por crítica y público. 
    Desde su estreno, sólo he leído elogios sobre El Lobo de Wall Street. No negaré sus virtudes evidentes. Es una película divertida, vertiginosa y con poder narrativo y visual. Desde luego admiro esa eterna juventud creativa de Martin Scorsese, que a sus 72 años sigue haciendo películas con la frescura, garra y desparpajo de un talentoso treinteañero con ganas de comerse el mundo, cinematográficamente. Aprecio la honradez creativa de este gran neoyorquino, que nunca parece haber hecho una película sin alma, simplemente para cumplir. Esa capacidad para provocar y escandalizar son admirables en un autor de tan largo recorrido, y desde luego lo sitúa muy por encima de coetáneos suyos como Steven Spielberg o Francis Ford Coppola. Un artista tan fiel a sí mismo sólo puede despertar mi admiración, sobre todo en una industria tan canabalizada por los criterios comerciales y estereotipos como la del cine norteamericano.
    Sin embargo, esta coherencia autoral no es suficiente para hacer una obra maestra. Scorsese deslumbró en sus comienzos con dos joyas absolutas: Taxi Driver y, sobre todo, Toro Salvaje. Ya en sus comienzos mostró su predilección por los personajes oscuros y autodestructivos. Años más tarde rodó uno de los nuestros, una buena película, en mi opinión sobrevalorada. No le quito el mérito de ser un original film sobre mafiosos, lejos de la estela clasicista de El Padrino de Coppola. La película de Scorsese rezumaba cinismo y mala baba, con un humor negrísimo, que anticipaba a Tarantino. Era el reverso del sueño americano, con personajes siempre viviendo al límite, inmorales y contradictorios, movidos por los instintos más primitivos, cuyos ejes existenciales eran el dinero, la violencia, el poder y el sexo (no sé muy bien en qué orden), y con una vida sentimental de verdadera pesadilla. El tratamiento era cínico y cálido, de manera que despertaban incluso más simpatía que repulsión. Por último, desvelaban un Scorsese desatado, de ritmo frenético, casi de video-clip y que ametrallaba al espectador a base de diálogos e imágenes. Todo sucedía tan rápido que el que la veía no tenía descanso, sobre una montaña rusa de continuas subidas y bajadas, hasta la subida y bajada final.
    ¿Por qué tanto hablar de Uno de lo Nuestros? Por que desde entonces, el director parece empeñado en hacer una y otra vez la misma película, cambiando de marco. En Casino, otra supuesta obra maestra, la mafia seguía siendo mafia y Nueva York pasaba a ser Las Vegas. En El Lobo de Wall Street se mantiene Nueva York, pero la mafia se convierte en especuladores financieros , que en cierto modo son la nueva "cosa nostra". Siguen apareciendo las mismas situaciones. Desde el primer momento, supe todo lo que iba a pasar, y no por mi don de profecía, sino porque todo me recordaba a un camino ya andado. El dinero y el triunfo rápido siguen siendo los ejes principales, con la diferencia de que la violencia se ha sustituido por un gran aumento en la dosis de sexo, y por una irrupción masiva de psicótropos.
    La película me divirtió, pero eso no quita que todo me sonara demasiado familiar, y que el tobogán narrativo me agobiara a base de velocidad y ruido. Desde luego, que nadie espere una crítica sólida a la especulación financiera o un análisis profundo de la mente de un tiburón de las finanzas. Scorsese parece más interesado en arrastrarnos en el remolino de sexo, drogas y dinero, sin mayores complicaciones.
    Yo calificaría a El Lobo de Wall Street como una gran comedia, una mezcla entre Uno de los Nuestros y Resacón en Las Vegas. No se si era la intención de Scorsese, pero a mi parecer es su resultado.
    Para todos los deslumbrados con el papel de DiCaprio, simplemente decir que no es lo mismo un histrión que un gran actor. No dudo de que pueda ser ésto último, pero en esta película me saca de mis casillas. ¿Es que no se puede actuar sin tantos gritos y aspavientos? Claro que esto es aplicable al resto del reparto.
    En definitiva una película excesiva en todos sus apectos, en lo bueno y en lo malo, también en su duración.     


sábado, 18 de enero de 2014

La vida de Adele (Abdellatif Kechiche, 2013)

Desde que se estrenó todo han sido parabienes para esta película francesa. Desde luego cumple con todas las condiciones para ser adorada por la crítica. Es hermosa, indaga sobre los sentimientos, es provocadora y tiene su punto de rebeldía y cuestionamiento de lo establecido. 
    Yo, por mi parte, me propongo hacer de abogado del diablo y quiero resaltar lo que no me ha gustado de la obra. ¿A mi juicio, es una película que merece la pena ver? Desde luego. Si tuviera que hacer una lista de cinco películas de este año de obligada visión, ésta sería una. Lo que no voy a hacer es sumarme al carro del elogio incondicional que ha provocado, ya que si percibo en ella grandes virtudes, también grandes defectos, además con el agravante de que estos no se deben a falta de talento, sino más bien a falta de sensibilidad e incluso, me atrevería a decir a cierta mala idea por parte del señor Kechiche. No logro separar una obra de arte de sus aspectos morales, y no me refiero a los que se plantean en ella, sino a aquellos con los que se ha filmado, y tampoco puedo quitarme de la cabeza que, aunque con infinito talento, sensibilidad y belleza, La Vida de Adèle también se ha filmado con espíritu mirón e incluso cierre sadismo. 
    Me explico. La película, que al parecer es una adaptación de una novela gráfica, narra la evolución sentimental de Adele desde que es una adolescente hasta que se convierte en una joven maestra de ventipocos años. En su desarrollo, el factor decisivo es conocer a una estudiante universitaria algunos años mayor que ella con la que establece una apasionada relación.
    Lo que hace especial la película es la forma es que está contada la historia. El señor Kechiche es un genio. Cada plano y cada secuencia es un prodigio de belleza y autenticidad. Con una naturalidad pasmosa le basta un sencillo encuadre para captar matices sentimentales que prácticamente sería imposible poner por palabras. Junto con el talento de su director, el otro gran pilar de la película es la jovencísima actriz Adèle Exarchopoulos, una verdadera fuerza de la naturaleza interpretando, que desprende una autenticidad que pocas veces se ve en el cine, y que se adueña de cada plano en el que aparece, tan verdadera que más que es imposible separar actriz de personaje.
    Entonces, ¿dónde está el problema? Pues que el señor Kechiche se regodea un poco en los aspectos más carnales de la historia. A mi juicio eso no era necesario, y no me tengo por ningún puritano. Shame, de Steve McQueen, me encantó, ha pesar de lo explícito de su propuesta. Pero esa explicitud era precisamente la esencia de su historia: aunque duras e incómodas, cada secuencia debía ser así, porque también era duro e incomodo lo que se nos contaba.
    No ocurre así con la Vida de Adèle. Si lo que se quiere retratar es la historia sentimental de una joven, no creo que haya que cargar tanto las tintas en lo sexual. La primera escena de amor entre las dos protagonistas, viene a durar veinte minutos, y deja muy poco a la imaginación. Sin temor a exagerar es casi pornográfica, y no creo que haya que someter a las actrices a esa tortura. Una de ellas Lèa Seydoux, está destrozada desde el rodaje, y la otra, la joven Adèle, aunque no tan afectada dice que no quiere volver a filmar con Kechiche. Yo creo que todo esto es pasarse de rosca por parte del director, y no tiene mejor argumento que decir que Seydoux es una pija mojigata que quiere llamar la atención.
     Después de haber visto la película, opino que tras esa explicitud hay un verdadero espíritu de mirón e incluso un cierto abuso de poder. Al señor Kechiche no se le puede disculpar por ignorancia, su excepcional talento demuestra que el problema es de intención. 
    Además desequilibra la película. A pesar de su larga duración, unas tres horas, hay muchos aspectos deficientemente desarrollados. Si algunos minutos y neuronas de cómo mostrar con todo lujo de detalles como dos mujeres pueden hacer el amor de todas las posturas posibles, se hubieran dedicado a explicar sus malentendidos y conflictos internos, a lo mejor algunos elementos de la historia un tanto confusos se hubieran aclarado más.
     Con todo, creo que es muy buena película... No sé, me siento un poco bipolar respecto a ella. Desde luego lo que puedo decir es que con directores así, no querría que mi hija fuera actriz. Y también sospecho que si hubiera contado la historia de dos hombres a lo mejor se habría sido más sutil. Supongo que el tener cerebro en el caso del señor Kechiche, no impide que mande la bragueta, y que uno se aproveche de su talento para fines un tanto inconfesables.